Historias
conmovedoras
de un knowmada
pegado a una cámara

Por Tino Soriano

Hace justo cuarenta años Tino Soriano dirigió por primera vez el objetivo de su cámara hacia el mundo de la medicina, de los profesionales y, sobre todo, de los pacientes. Desde entonces este maestro del fotoperiodismo nacido en Barcelona no ha dejado de retratar historias llenas de dolor y esperanza, historias duras y conmovedoras, historias con final triste, final feliz e incluso milagroso.

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Sus fotos “sanitarias” han aparecido en las mejores revista de fuera y dentro de España y ha recibido casi todos los reconocimientos que un fotógrafo puede desear; entre los galardones del ámbito médico, solo citaremos los concedidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Academia de Ciencias Médicas de Cataluña. Bastan unos minutos a su vera para saber que Tino se moja, que se implica, que las peripecias de los enfermos, de sus familiares y de los profesionales sanitarios le tocan de lleno. Tiene un don innegable y maravilloso para ganarse la confianza del retratado. Como fotógrafo de la National Geographic Society, ha trabajado en infinidad de países; de hecho, le abordamos recién llegado de su Vuelta al Mundo por encargo de Olympus durante dos meses y ya preparándose para otra aventura; hemos conseguido retenerle el tiempo suficiente para que nos elija sus fotografías favoritas y ponga en marcha la máquina de los recuerdos… Huelga decir que Tino Soriano, que en la actualidad trabaja en una recopilación de medicinas ancestrales en diferentes puntos del planeta, es lo que se dice: un knowmada ejemplar.

Un guiño a la
inmortalidad

“Esta es una fotografía que jamás debería haber tomado. En el Hospital de Sant Joan de Deu me alertaron que tras una puerta cercana al control de enfermería la pequeña Mar agonizaba por un fatídico tumor cerebral y posiblemente fallecería en pocas horas. Pero las circunstancias con frecuencia son imprevisibles. De repente se abrió la puerta y apareció la niña en brazos de su padre que, al verme con la cámara colgada, me preguntó si de verdad era fotógrafo. Tras asentir me pidió amablemente que les tomara un retrato. Quizás esta sea la esencia del reportaje documental: dejar una huella. Con toda probabilidad la petición provenía del imprescindible deseo de obtener una última y desesperada evidencia de la niña todavía con vida. No importaba que fueran sus últimos instantes o quizás esa era la razón por la que Jordi me pedía el retrato. La fotografía es desde este punto de vista, un guiño a la inmortalidad. La historia acabó de una manera inesperada. Mar no falleció ni aquel día ni ningún otro y -sin que los médicos pudieran aportar una razón convincente- se recuperó milagrosamente. Esta fue la noticia y padre e hija ilustraron la cubierta del Magazine. Regresé para retratar a los protagonistas varios años después, en el transcurso de un reportaje sobre personas que habían sobrevivido a enfermedades muy graves, y la imagen de los dos, ahora radiantes de salud y felicidad, fue portada una vez más en un dominical que tiraba 700.000 ejemplares en esa época”.

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Una sonrisa en
pleno suplicio

“Era la hora de merendar y Vanessa jugaba con sus donuts. Llevaba meses fotografiándola. Mi seguimiento era para explicar, a las familias que más adelante tuvieran que pasar un calvario como el de la pequeña, en qué consistía la lucha contra el cáncer. La niña se había acostumbrado a mi presencia y apenas se inmutaba cuando me veía, lo que le agradecí porque su tratamiento era realmente un suplicio. La retraté también en su casa y continué a su lado hasta que entró en un coma irreversible. Al cabo de diez años una fundación bancaria me pidió esta fotografía para ilustrar una convocatoria de becas destinadas a la investigación oncológica y cuando regresé a su domicilio para encontrar a los padres y pedirles permiso para utilizarla me enteré de que se habían divorciado después del traspaso de la niña y nadie conocía su paradero. Otra triste secuela del cáncer infantil”.

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Esa clase de ángeles
que hay en todos
los hospitales

“El Servicio de Urgencias Generales del Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona estaba colapsado por una epidemia de gripe. Había gente en los pasillos que, desesperada por las horas o incluso días aguardando, detenían a cualquiera que llevara una bata blanca, incluyéndome a mí, para reclamar un poco de atención. Entre el personal, destacaba un ángel, ese tipo de profesionales tan común en los ambientes hospitalarios que se multiplica en la adversidad y que dosifica con habilidad el tiempo para ser útil en todas partes. Yo estaba en un box al lado de Juana, una mujer que tenía muchas ganas de charlar, procurando hacerle más llevadera su estancia. De repente, Isa entró en el cubículo y la señora inició una conversación con ella. La enfermera, con paciencia, escuchaba sus palabras y procuraba relajarla cuando, de pronto, no sé de qué estarían hablando porque me había apartado respetuosamente, se marchó a toda prisa. La foto testimonia la intensidad de un momento que, por suerte fue una historia con un final feliz”.

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Toda la seguridad
del mundo

“Ámber era una niña especial, adulta para su edad, como le pasa a tantos chiquillos que no tienen más remedio que crecer con celeridad porque su enfermedad no les permite disfrutar de la infancia. Fue mi modelo veinte años después, como lo había sido Vanessa, la niña de los donuts, en el proyecto de mostrar las diferentes etapas del tratamiento de la leucemia infantil. Aquel día Ámber ingresaba en el quirófano para recibir un trasplante de médula. Su madre, que por cierto también tenía cáncer, la acompañó y su padre se quedó al cuidado del hermano menor. Durante la espera Mariló intentaba aupar los ánimos de la niña con un globo de látex que les debió facilitar algún empleado, pero mientras captaba la escena mi impresión fue que era en realidad Ámber la que consolaba a su madre. Camino del quirófano, desde la camilla, la niña simuló toda la seguridad del mundo para que su progenitora respirara tranquila. Mariló perdió su trabajo porque durante años no tuvo otro remedio que dedicar todas las horas del día para permanecer al lado de su ángel, como solía referirse a ella en vida y como la sigue llamando todavía”.

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Una foto para
recaudar ayuda

“Jonathan era un niño rebelde que padecía con dignidad su cáncer de huesos. Estábamos a finales de los noventa y los médicos no tenían otra alternativa que amputarle una pierna. Con permiso de su madre, el único familiar que tenía, le fotografié junto con la mayoría de los niños internados en el Servicio de Oncología Infantil del Hospital de Sant Pau de Barcelona, en un encargo de la Fundación Enriqueta Vilavecchia. Se trataba de promocionar su labor y conseguir, respaldado con mis imágenes, ayudas estatales y un pellizco de algunos bolsillos privados. Pasé la víspera de la intervención pendiente de Jonathan y en un momento determinado, al entrar de improviso a su habitación, lo encontré imbuido en sus temores y con las piernas escondidas debajo de la cama. Tras la intervención, su madre se lo llevó a Houston sin avisar y sin dinero. Nadie volvió a tener noticias de ellos”.

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El mejor
agradecimiento
posible

“Olga era la mujer ideal. Deportista, inteligente, culta, no fumadora, su vida transcurría a caballo entre la imprenta familiar y el cuidado de su familia cuando un traicionero cáncer de pulmón se manifestó y fue muy difícil detenerlo. La conocí durante el proyecto “Airea tus esperanzas” de Roche y cuando le expliqué que era fotógrafo me dijo con amabilidad que no le apetecía posar para mí con el aspecto que tenía durante el tratamiento. No me extrañó. Era una mujer atlética y bella que había engordado con la medicación y carecía de cabello, circunstancias que no aconsejaban un fotógrafo cerca. Quedamos para tomar un té y charlando sobre su enfermedad me dijo que todavía tenía fe en una curación. Guardaba como oro en paño un reportaje en cuya portada aparecía una niña llamada Mar con un tumor cerebral y posando con su padre que se recuperó milagrosamente. Cuando le comenté que era el autor de las imágenes se le iluminó el rostro. Afirmó que era hora de enfrentarse a la enfermedad con agallas y que estaría encantada de que documentara esta lucha. Nos hicimos buenos amigos y me contó que era muy religiosa y que siempre que podía iba a rezar al convento de las Carmelitas Descalzas. Un día me invitó a que la acompañara a la capilla. Fuera llovía a cántaros. Bajo la densidad de un cielo encapotado entre callejones grises y estrechos miré a Olga y la vi iluminada por los pilotos del coche que nos precedía. Fue como una premonición y entendí que íbamos con una conducción desesperada hacia la salvación, esperando un milagro. Poco antes de Navidad me llamaron para informarme que las oraciones no habían surtido efecto. Estuve unas dos semanas en cama, no con depresión, pero sí con una pronunciada astenia, tal fue el impacto que tuvo esa muerte sobre mí, hasta que un día me llamó por teléfono su hijo. Le habíamos regalado un álbum con las imágenes que ilustraba el combate que había librado su madre contra el cáncer y a continuación pronunció las más bonitas palabras que jamás pueda oír un reportero: “A través de tus fotos reconocemos perfectamente a Olga. Es lo que nos queda y te lo agradecemos de corazón”. En parte es a lo que me refería cuando hablaba de un guiño a la inmortalidad”.

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